"Seis Lecciones de una Pandemia", artículo del Sr. Dmitri Medvédev, Vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia
Embajada de la Federación de Rusia en la República de Panamá
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10 Noviembre

"Seis Lecciones de una Pandemia", artículo del Sr. Dmitri Medvédev, Vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia

Seis Lecciones de una Pandemia


El Vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia, Dmitri Medvédev, reflexiona sobre el pasado, presente y futuro de la lucha contra COVID-19


“Aquel que desea pero no actúa, engendra peste”

William Blake


La pandemia del nuevo coronavirus COVID-19 fue la mayor conmoción en las últimas décadas. No por casualidad la comparan con la “tercera guerra mundial” teniendo en cuenta las consecuencias catastróficas de la propagación de la enfermedad mortalmente peligrosa. Seprodujo un gran daño al sector social, la economía, la cultura de muchos Estados en todos los continentes. El número de víctimas y afectados asciende a decenas de millones. Casi cinco millones de personas murieron por causas relacionadas con la enfermedad.

Se logró repeler el primer ataque del virus que fue el más violento. Además, muchas personas se acostumbraron a vivir en las condiciones de la pandemia. Se acostumbraron a los problemas, restricciones y hasta a la enfermedad y sus consecuencias trágicas. Falta mucho para lograr la victoria definitiva sobre el virus. La amenaza es enorme, el enemigo es muy peligroso. Los expertos hablan de “un efecto cumulativo postergado” de los problemas actuales. El resultado de esta batalla sin precedente depende de lo bien coordinados que estén las acciones de todos los países en la lucha contra la nueva infección. ¿Podremos sacar lecciones de los acontecimientos trágicos que sobrevivimos? ¿Estamos dispuestos a revisar nuestras posturas estratégicas en relación con los problemas globales y las acciones tácticas a emprender en las complicadas situaciones imprevisibles cuando es necesario reaccionar rápidamente y con seguridad? Son las preguntas más importantes que hacen hoy todas las personas sensatas en todo el mundo. Las autoridades de todos los Estados, miembros de uniones y alianzas internacionales, de varios “grupos de influencia” de quienes depende la toma de las decisiones más importantes y urgentes a nivel global deben responder a estas preguntas en primer lugar.

Hace un poco más de un año, abordé estos temas en un artículo escrito para la revista Rossiya v globalnoi polítike (“La cooperación en el ámbito de seguridad, durante la pandemia del nuevo coronavirus”, Rossiya v globalnoi polítike, edición 4, julio/agosto de 2020). En aquel momento ya fue evidente que los riesgos creados por el coronavirus son muy altos. La respuesta a estas preguntas puede y debe ser universal. Esto prevé una cooperación constante y de pleno formato entre los Estados, Gobiernos y empresas. Lamentablemente, muchas ideas constructivas quedaron como buenas intenciones, no pudieron o no desearon (en la mayoría de casos) realizarlas.

Para prevenir catástrofes de tales dimensiones es necesario poner en el primer plano el cuidado de la vida.

Por eso sigue siendo importante no perder las oportunidades que existen. Para prevenir catástrofes de tales dimensiones como la pandemia global de un virus desconocido se necesitan en la misma medida que las tecnologías avanzadas y vacunas la voluntad política, los esfuerzos diplomáticos y la capacidad de dar prioridad absoluta al cuidado de la vida, la salud y la seguridad de millones de personas, independientemente de su educación, condición patrimonial, nacionalidad, edad, sexo o profesión. Sin esto será imposible alcanzar la victoria definitiva sobre el virus.

Quisiera comentar en detalle lo que entendimos en los últimos dos años, qué lecciones sacamos y cómo tenemos que actuar.


La primera lección de la pandemia: es necesario tomar las amenazas en serio y no actuar post factum, sino con antelación

Durante el primer período de la propagación del coronavirus, desde diciembre de 2019 hasta principios de marzo de 2020, en muchos países se manifestó un descuido en relación con este problema. Las primeras noticias sobre la nueva enfermedad se tomaron con tranquilidad. Una de las causas de esto consiste en que la gente creía que el virus peligroso estaba lejos y no se propagaría en los países desarrollados. Otra causa es la costumbre de oír diariamente noticias sobre catástrofes en varias partes del planeta. Tales noticias suelen estar en el primer plano en los medios de comunicación, pero la reacción a tal información se hizo más tranquila desde hace tiempo, se publican demasiado muchas noticias de este tipo. Mientras, las autoridades de los Estados, a diferencia de sus habitantes, tuvieron que pulsar el “botón de emergencia” ya en aquel momento.

La demora costó mucho. Hacia mediados de febrero de 2020, la catástrofe empezó a adquirir dimensiones cada vez más grandes. En el mundo actual con sus fronteras transparentes y la economía global las epidemias no tienen barreras tampoco. El número de los infectados y víctimas de la nueva enfermedad empezó a crecer rápidamente. Los Gobiernos de muchos países se enfrentaron con la necesidad de reformar con urgencia el sistema de salud, habilitar nuevas camas en hospitales, dotar centros médicos con nuevos equipos y a personas con equipos de protección individual. En aquel momento, en Rusia empezaron a elaborar planes de acción en caso de propagación masiva de la enfermedad. Todos los organismos y servicios relevantes se pusieron en estado de alerta.

Desde mediados o finales de marzo hasta mediados de junio de 2020 aproximadamente, la pandemia entró en la siguiente fase “aguda”. La amenaza se hizo real, la enfermedad que se inició en China empezó a atacar a otros países. La epidemia se recalificó como la pandemia.

Recordamos bien este período, cuando se cerraban las fronteras, se creaban centros de coordinación, se anunciaban largos períodos no laborables y se imponían restricciones a la movilidad de las personas. Las autoridades de cada país afrontaron un dilema aparente: ¿a quién es necesario salvar en primer lugar: la economía o las personas? Es decir, ¿adónde destinar los recursos financieros en primer lugar: para prestar apoyo social o ayudar al sector de negocios? La mayoría de los países, inclusive Rusia, eligieron un camino mixto. Después de un régimen duro de confinamiento, se encontró un equilibrio razonable: el Estado prestó apoyo tanto a los ciudadanos como a los sectores más afectados, reaccionó de manera flexible a la situación y pudo evitar un desarrollo catastrófico de los acontecimientos. Hacia el inicio del verano pasado, en Rusia se elaboraron protocolos eficaces de tratamiento de pacientes, se fabricaban y se compraban equipos de protección personal y los necesarios equipos médicos. Naturalmente, las medidas de confinamiento no gustaron a nadie, pero estas medidas probaron su eficacia. Es necesario reconocer que cuanto más duro fue el régimen de confinamiento tanto más eficaz fue la lucha contra la epidemia. China es un buen ejemplo de esto. Mientras, cada país y sus habitantes tienen sus rasgos específicos, costumbres nacionales, estereotipos comportamentales. Es evidente que en Europa no se puede usar muchos esquemas que sean oportunos en Oriente. El resultado se consiguió en todos los países. Y la ola de la pandemia empezó a ralentizarse.

Es imposible alcanzar una inmunidad autónoma en un país dado. Solo es posible la inmunidad colectiva a escala global que debe alcanzarse en conjunto.

En verano y principios de otoño del año pasado entramos en la tercera fase de la pandemia. Hacia este momento, la mayoría de las empresas y, lo que es especialmente importante, todo el sistema de educación aprendieron a trabajar a distancia. En Rusia se optimizaron las herramientas de gestión, se hicieron más eficaces canales de interacción de los ciudadanos y el Estado. Las personas pudieron tener acceso a los servicios públicos más importantes a distancia, los pagos sociales empezaron a realizarse de forma proactiva. Fue evidente que la epidemia cobrará fuerza próximamente y el Estado destinó muchos recursos para prevenirla. Finalizaron los ensayos de las vacunas contra el coronavirus, se registraron las primeras de éstas.

Este trabajo estaba realizándose simultáneamente en muchos países. Al mismo tiempo, en la sociedad se incrementaron la preocupación y el disgusto: la gente estaba cansada de largos períodos de confinamiento y preocupaciones constantes por su salud. La violación de los derechos humanos, durante el confinamiento, se discutía con cada vez más frecuencia en varios continentes.

La cuarta etapa de la pandemia se inició en otoño y en invierno de los años 2020-2021 con un nuevo crecimiento de la enfermedad. Aparecieron nuevas cepas del virus, el coronavirus no se propagaba de forma local, como anteriormente, sino en todas partes. Los que esperaban superar próximamente la enfermedad y volver a la vida normal se vieron obligados a dejar de hacerse ilusiones. Muchos ciudadanos reaccionaron negativamente a la introducción de nuevas medidas de restricción y confinamiento. Observamos brotes de manifestaciones de protesta en los Países Bajos, EEUU, Italia, Alemania y otros países, inclusive en Rusia, aunque en menor medida.

En primavera del año en curso, entramos en la quinta fase de la pandemia y este período continúa hasta hoy. Ahora observamos un nuevo aumento de casos de la enfermedad que alcanzó un máximo histórico, debido a un mayor volumen de pruebas diagnósticas. El nivel de enfermedad es muy alto, casi crítico, se está llevando a cabo la vacunación masiva. La vida en la nueva realidad exige soluciones sopesadas, una larga “guerra de trincheras” contra la pandemia. Es necesario que todos los países aúnen esfuerzos en esta lucha, a pesar de las dificultades objetivas y ambiciones políticas.


La segunda lección de la pandemia: se puede luchar contra ésta solo con los esfuerzos conjuntos de la comunidad internacional. En caso contrario, todos están condenados al fracaso.

¿Qué sucede ahora en la economía global? Se puede responder con una sola palabra: una recesión. Y es mucho más grave que fue en el período de la crisis financiera de los años 2008-2009. Las organizaciones internacionales estiman sus dimensiones en el intervalo de un 3,3% (según los datos del Fondo Monetario Internacional) a un 3,6% (Banco Mundial). En varios países esto se siente aún más. La economía de Gran Bretaña se redujo en 2020 un 9,8%, de Francia - un 8,1%, de Alemania - un 4,9%, de Canadá - un 5,4%, de Sudáfrica - un 7%, de la India - un 8% (según los datos del Banco Mundial) En general, la crisis afectó más a los países desarrollados con un nivel de globalización más alto. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2020, la recesión económica de los países desarrollados fue de un 4,7% y de los países en vías de desarrollo - un 2,2%. Mientras, las economías más avanzadas muestran la capacidad de restablecerse más rápidamente. Conforme al pronóstico de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la mayoría de los países desarrollados restablecerán plenamente su nivel registrado antes de la crisis (en cuanto al PIB per cápita) hacia finales de 2022. Varios países en desarrollo podrán restablecer los indicadores registrados antes de la pandemia en 2024 como mínimo. Es evidente que en el mundo se inicia la crisis alimentaria. Los precios de alimentos crecen en todos los Estados, se está acelerando la inflación alimentaria.

Para superar las consecuencias de la recesión global es necesario llevar a cabo una política eficaz dirigida a seguir restableciendo la economía, mantener la estabilidad de los precios. Hoy en día, un alto nivel de la deuda y un ritmo de la inflación sin precedente en varios países se convirtieron en los nuevos desafíos en el camino hacia estos objetivos. Mucho dependerá también de los ritmos de restablecimiento del comercio exterior, ante todo, en lo que se refiere a la exportación y la importación de los servicios.

Ahora nadie puede dar pronósticos exactos. Muchos factores no económicos ejercen la influencia en la situación en la economía global: los ritmos de la vacunación de la población, la amenaza de la aparición de nuevas cepas del coronavirus más peligrosas, y especialmente los factores de carácter político, inclusive la voluntad política de fomentar la cooperación internacional para luchar contra el coronavirus. Sin embargo, no todos los Estados están dispuestos a manifestar tal voluntad. Hoy en día, es uno de los problemas más serios.

Cualquier crisis produce inevitablemente muchos cambios en el mundo, en particular, cambia el equilibrio de las fuerzas en la arena internacional. La crisis provocada por el coronavirus no es una excepción. Es única, ante todo, porque todos los países, incluidos los económicamente potentes y muy débiles fueron iguales ante esta crisis. Y todos fueron afectados en mayor o menor medida. Todos tuvieron que movilizar sus recursos. Los sistemas de salud y servicios sociales experimentaron una carga muy alta, a veces, insoportable. Cada país se vio obligado a elegir el mal menor luchando contra la epidemia. Los que manifestaron una alta eficacia en esta actividad no fueron protegidos de los nuevos brotes de la epidemia. Los procesos de la globalización, el desarrollo actual de las tecnologías, la velocidad de intercambios mediante el transporte convierten nuestro planeta en un entorno ideal para la propagación del virus. Ningún Estado es capaz de cerrar por completo el “telón de acero”. Más tarde o más temprano tendrá que reanudar el intercambio comercial, otorgar visados a turistas y empresarios o dejar a sus propios ciudadanos salir al exterior. Esto quiere decir que no puede ser una inmunidad autónoma en un país dado (esto ya fue evidente en el momento cuando se escribía el primer artículo). Solo es posible la inmunidad colectiva a escala global que debe alcanzarse en conjunto.

Los médicos, científicos, representantes de las influyentes organizaciones internacionales de perfil humanitario lo entienden perfectamente. Pero, como ha mostrado el caso de coronavirus, no todos los Gobiernos están dispuestos a aceptarlo. Durante la pandemia, los llamados a manifestar una solidaridad general y prestar la ayuda mutua luchando contra la enfermedad, a levantar las sanciones que impiden funcionar a los sistemas de salud y hasta cesar el fuego en los “puntos calientes”, de hecho, fracasaron. El egoísmo nacional, la lógica obsoleta de los tiempos de la “Guerra Fría”, los temores paranoicos fantasmas, los intentos de defender sus propios intereses geopolíticos egoístas resultaron ser más fuertes que los valores humanos.

Los Estados empezaron a cerrar sus fronteras sin previo aviso o consultas con sus vecinos. No se apresuraron a compartir la información (incluida la vitalmente importante para el trabajo de los científicos y médicos) o prestar la ayuda mutua entregando medicamentos o equipos. Unos prefirieron resolver los problemas independientemente, otros - a cuenta de los demás.

El “nacionalismo vacunal”, las guerras comerciales ya conllevaron un gran número de víctimas no justificadas.

La política sancionatoria no ha cambiado hasta en el período de la pandemia. Al contrario, la lucha por ejemplo contra el proyecto comercial pacífico Nord Stream 2 tan sólo se intensificó. Las guerras continuaron y a veces cobraron fuerza: el conflicto en Alto Karabaj, los enfrentamientos incesantes en Siria, Libia, Afganistán, choques regulares en la frontera entre China y la India, una serie de conflictos en África. La guerra comercial entre EEUU y China se agravó con un enfrentamiento ideológico y se convirtió definitivamente en algo parecido a la guerra fría. Se producen más provocaciones abiertas en Europa, en particular. Durante el último año, nos hemos acostumbrado a que los buques de la OTAN se acercan constantemente a las fronteras de Rusia en el mar Báltico y Negro y a veces hasta las violan.

La pandemia asestó un golpe también contra los procesos de integración. Se puede observar estas tendencias de la forma más clara en el ejemplo de la Unión Europea que anteriormente fue una de las alianzas más firmes. COVID-19 puso de relieve que Europa no está unida ante una tragedia común. En plena epidemia los países europeos ni siquiera prestaron apoyo mutuo. La ayuda a Italia donde la situación con los contagios alcanzó un nivel crítico no llegó de otros miembros de la UE quienes se negaron a acoger en sus hospitales a los pacientes italianos, sino de Rusia y China. Además, realizando los trámites aduaneros, la República Checa hasta confiscó mascarillas y respiradores destinados a los italianos. Polonia, Rumanía y Alemania prestaron ayuda a Italia pasado mucho tiempo. Austria, Alemania y Luxemburgo al final dieron el visto bueno para tratar en sus hospitales a los pacientes de los países vecinos: Bélgica, los Países Bajos, Francia e Italia.

Cuando el primer brote de la pandemia quedó atrás, las instituciones europeas empezaron a analizar los errores cometidos, intentaron adaptarse a la situación y elaborar las medidas preventivas para el futuro. En 2020, la Unión Europea aprobó más de un mil decisiones para minimizar las consecuencias negativas del coronavirus, proteger no solo la vida, sino también los ingresos de las personas. Se aprobó un presupuesto ampliado y el fondo NextGenerationEU, lo que en conjunto dio la posibilidad de destinar el paquete de estímulo económico más grande por un valor total de 1,8 billones de euros (la Comisión Europea, el Informe resumido sobre la actividad de la Unión Europea en 2020).


La tercera lección de la pandemia: la confianza mutua de los Estados es más importante que el comercio, la ideología y la competición.

La propagación del coronavirus puso de relieve un problema más: una crisis de confianza global. Se manifestó en un menosprecio de las organizaciones internacionales, un “enfrentamiento de vacunas”, las constantes sospechas mutuas y la búsqueda de los responsables de la propagación del virus. La reputación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue perjudicada. Muchos países trataban de evitar al inicio la cooperación con la OMS y EEUU de hecho dejó de financiar esta organización. Posteriormente la cooperación con la OMS se restableció. Sin embargo, los problemas quedan hasta hoy. El problema principal consiste en que la organización no tiene mecanismos necesarios para obligar a los Estados a aplicar la misma política acordada a todos los niveles. Los Gobiernos nacionales están en el derecho a no cumplir las recomendaciones de la OMS o tomar sus propias decisiones que a veces contradicen a las tomadas a nivel internacional. En vista de eso, es necesario pensar cómo sería posible dar a la OMS los poderes necesarios para tomar en situaciones de emergencia (por ejemplo, en caso de una pandemia) las decisiones importantes para satisfacer los intereses de toda la comunidad internacional. Es posible que para otorgar tales poderes a la OMS los miembros de la ONU tengan que aprobar un convenio internacional de la cooperación en esta área.

Lamentablemente, no se ha formado todavía un sistema de garantías que podrían prevenir un desarrollo peligroso de los acontecimientos, en caso de que surja una nueva pandemia. La historia sabe ejemplos cuando la cooperación internacional y la renuncia a los dogmas ideológicos permitieron a los médicos y científicos de diversos países a desarrollar métodos eficaces de la lucha contra la propagación de las enfermedades graves, como la poliomielitis, el sarampión, la viruela. Ahora los intereses geopolíticos de los Estados no coinciden ni siquiera en el área de vacunación. En el mundo existe una decena de vacunas. Pero ninguna de éstas no está certificada en todos los países.

¿Por qué? La respuesta es evidente. Todos los países aspiran a apoyar a sus fabricantes, en primer lugar. Además, las cuestiones de vacunación adquieren un color ideológico: “¡lo nacional es lo mejor!” hasta si esto no se confirma. Existe también un interés comercial cuando los países intentan vender su vacuna en el mercado internacional dejando atrás a sus competidores. Pero se olvida que cada una de tales ampollas es una vida humana salvada o perdida. El “nacionalismo vacunal”, las guerras comerciales ya conllevaron un gran número de víctimas no justificadas. La debilidad de la OMS y la ausencia de un organismo supranacional que podría influir en las medidas epidemiológicas de diversos Estados se hacen literalmente relacionadas con la muerte.

Es evidente que todos los Estados del mundo no solo deben, sino se ven obligados a dejar de lado sus intereses geopolíticos para salvar las vidas humanas. Se ven obligados a reconocer las vacunas fabricadas en otras países. Lo más importante es entregar a la ONU o la OMS una cantidad suficiente de tales vacunas para que las entreguen a los países incapaces de comprarlas independientemente.

Otro aspecto de la política exterior, los llamados pasaportes covid (o, como les califican en un sentido figurado en varios países, “pasaportes de la oportunidad”) está vinculado también con el reconocimiento mutuo de las vacunas. Es una forma más fácil y lógica de restablecer uno de los derechos fundamentales de los ciudadanos: el derecho a la libertad de movimiento, que permitirá “abrir las fronteras” garantizando la seguridad a las personas, Mientras, este sistema podrá funcionar de manera eficaz solo si diversas vacunas son reconocidas por un gran número de países y, lo que es aún más importante, en caso de que se cree un sistema único para intercambiar la información sobre los enfermos y los vacunados, por ejemplo, bajo los auspicios de la OMS u otro organismo apoderado de la ONU.

Tenemos que repetir de nuevo, igual que hace un año, que ambas organizaciones deben crear un foro necesario para elaborar las iniciativas que ayudarán a vencer la infección peligrosa en todos los continentes del planeta. No es un simple papel, es una misión que debe encomendarse a las organizaciones internacionales que tienen la influencia y el peso. Son capaces de superar los prejuicios ficticios e intereses políticos que actualmente impiden desarrollar la cooperación a escala global.

El “nacionalismo vacunal” lo instigan también las sospechas mutuas de diversos países que el origen del virus mortal es artificial. Tales afirmaciones se basan en el propio hecho de que existen los laboratorios que estudian virus mortales en EEUU y en el territorio de nuestros socios de la CEI, lo que preocupa especialmente importante a Rusia. La actividad de tales centros no es transparente. No se lleva a cabo un control internacional sobre tales investigaciones. La amenaza de una posible “fuga” de una infección que el mundo ya no podrá superar es real. Es evidente que es necesario un sistema de control sobre tales laboratorios basado en los principios de transparencia mutua. Es aún más importante crear un sistema interestatal de garantías mutuas y plena responsabilidad por las posibles consecuencias de la propagación de sustancias y medicamentos peligrosos. En las condiciones del mundo global su posible fuga puede producir una catástrofe dentro de varias horas. Además, la comunidad internacional debe llegar a un acuerdo de que en las situaciones de emergencia los Estados informarán a los demás países sobre las amenazas biológicas y de otra índole que han surgido.

En el artículo anterior escribí que es necesario cumplir lo estipulado en el Convenio sobre la prohibición de las armas biológicas - uno de los documentos fundamentales a nivel internacional en el ámbito de seguridad. Después de que la pandemia llegue a su fin, será importante revisar de forma fundamental los principios de la cooperación internacional en el área de investigaciones biológicas. Lamentablemente, no todos socios nuestros manifiestan la disposición a cooperar en este ámbito, lo que es la causa de tensión y desconfianza mutua.

La crisis agudizó otro problema: el crimen organizado, los grupos terroristas y extremistas pasan con cada vez más frecuencia en el espacio virtual. Esto representa una seria amenaza para la seguridad de muchos Estados. He mencionado tales temas como una lucha conjunta contra los delitos cibernéticos, la cooperación entre los servicios del orden de diversos Estados, el desarrollo de los sistemas que garanticen la seguridad global en el mundo digital. Se necesitan nuevas leyes y convenios internacionales sobre la lucha contra el terrorismo y la delincuencia en el espacio virtual. Lamentablemente, tenemos que reconocer que el trabajo en esta dirección se lleva a cabo de forma muy lenta. Durante el último año, no hubo avances esenciales.

 

La cuarta lección de la pandemia: la coerción para la vacunación no es demasiado eficaz, es necesario informar a la gente.

¿En qué medida es crítica la amenaza provocada por el coronavirus? ¿Es necesaria ahora una vacunación general como una medida preventiva contra nuevos brotes de la pandemia? A pesar de que la respuesta es evidente, en la sociedad hay diversas opiniones al respecto. Existen grupo de los llamados COVID-disidentes que exhortan enérgicamente a desestimar las recomendaciones de los científicos y médicos.

En vista de eso, el Estado se enfrenta con cuestiones controvertidas desde el punto de vista de lo moral. ¿En qué medida los intereses personales de los ciudadanos pueden contradecir a los intereses de la sociedad y a las normas de seguridad de otras personas? ¿Tiene derecho el Estado a obligar a los ciudadanos a vacunarse?

Desde el inicio de la pandemia, todos los Estados están llevando a cabo la actividad informativa. Se les explica y se prueba a los ciudadanos que para el bien común es necesario a veces renunciar a los intereses personales, el confort o hasta los derechos fundamentales, por ejemplo al libre movimiento. Es necesario curarse, independientemente de si lo quiere uno o no, porque existe un riesgo de contagiar a otros. Es obligatorio cumplir todas las medidas de cuarentena impuestas por las autoridades. Es necesario también vacunarse si uno pertenece a un grupo de personas que corre un alto riesgo de propagar el coronavirus. En la respuesta se oyen acusaciones previsibles del “autoritarismo vacunal” y la “violación de derechos humanos”.

¿Será siempre justificada tal coerción? Es un asunto complicado y discutible. Por un lado, los derechos humanos son un valor inquebrantable, Por el otro lado, hay ciudadanos que interaccionan directamente con el virus o tienen contacto con muchas personas, trabajan en el sector de salud o de educación, en establecimientos que prestan servicios de alimentación, en organismos públicos donde siempre está mucha gente. Su contagio pone bajo amenaza la salud y la vida de otras personas, viola los derechos de otras personas. Es importante encontrar un equilibrio necesario.

Claro está que para salvar a millones de personas se puede restringir la libertad de decenas y hasta miles de personas. Esto sucedió en reiteradas ocasiones durante las guerras, amenazas terroristas o epidemias. Mientras, “es posible” no quiere decir “se debe”. Varios países, de hecho, obligan a sus ciudadanos a vacunarse, Rusia no pasó por este camino: la vacunación es voluntaria en nuestro país, en general, aunque los decretos sobre la vacunación obligatoria de varias categorías de ciudadanos se aprobaron en todas las entidades federadas de Rusia hacia finales de octubre pasado. Las discusiones sobre el tema de vacunación obligatoria total continúan a nivel de expertos y doméstico.

En ciertas circunstancias la seguridad de toda la población es más importante que la observancia de los derechos y libertades de un individuo. La protección de la mayoría es un principio fundamental de la democracia.

Abordemos de forma más detallada este tema que ya he comentado. En relación con la vacunación obligatoria, todos los países se dividieron en tres grupos: a) donde se decretó la vacunación obligatoria; b) donde se decretó la vacunación obligatoria para varias categorías de ciudadanos; c) donde la vacunación sigue siendo voluntaria. Como he señalado, Rusia pertenece al grupo “b)”.

En nuestro país se aplican medidas que restringen derechos de los ciudadanos no vacunados que consisten en la posibilidad de prohibirles salir a otros países, negar la admisión en centros educativos y la atención en centros de salud, suspenderles temporalmente del cargo o negarse a contratarles. La vacunación contra el coronavirus no está incluida todavía en el calendario nacional de vacunas. No está prevista tampoco la responsabilidad penal o administrativa por el incumplimiento por los ciudadanos de la obligación a vacunarse (la responsabilidad está prevista para las personas jurídicas por el incumplimiento de las exigencias de la Agencia Federal de Protección del Consumidor (Rospotrebnadzor). Es decir, las leyes en esta área siguen siendo demasiado liberales en nuestro país.

Al contrario, en muchos países se decretó la vacunación obligatoria (Tayikistán, Turkmenistán, Indonesia, Fiyi, Arabia Saudí, Italia con unas reservas conocidas, varios otros Estados). En EEUU introduce la vacunación obligatoria y/o pruebas obligatorias en las entidades donde trabajan más de 100 personas. En varios Estados europeos están previstas multas altas por el rechazo a vacunarse, en Italia no solo se aplican multas, sino también otras medidas de coerción administrativa, en Francia está prevista hasta la responsabilidad penal. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) confirmó lo legal de aplicar el modelo de vacunación obligatoria en la sentencia en relación con el caso “Vavricka y otros v. República Checa” dictada el 8 de abril de 2021. Esta sentencia reconoció como legales tales medidas de coerción a la vacunación obligatoria como una multa administrativa y la no admisión de niños no vacunados en las escuelas infantiles. La propia vacunación se reconoce como una medida obligatoria y necesaria en una sociedad democrática. En una situación extraordinaria el TEDH emitió una sentencia sin una retórica tradicional, obligando, de hecho a vacunarse a las personas concretas. Cuando se trata de la vida y la salud de millones de personas se debe dejar de recurrir a juegos políticos y abusar de sus derechos.

Quisiera recordar que la vacunación empezó a aplicarse en nuestro país, de conformidad con el Decreto de Catalina II de Rusia sobre la vacunación obligatoria contra la viruela promulgado en 1796. Este método se inventó aún en la antigua China. En la Unión Soviética se elaboró un calendario de vacunación, conforme a que se inyectaron vacunas obligatorias contra la viruela, el tifus exantemático, la malaria, la tuberculosis, la poliomielitis. Lamentablemente, este sistema dejó de existir después de la desintegración de la URSS y la opinión respecto a la vacunación empezó a formarse bajo la influencia de una propaganda contra las vacunas. Se llevó y se lleva a cabo con el uso de la información falsa que en varios casos es comparable con las acciones arbitrarias que representan una amenaza evidente a la seguridad pública. Por eso nuestro país afronta tales dificultades realizando la vacunación. Si no encontramos las posibilidades de convencer a la gente de que su conducta es irresponsable, hasta puede calificarse como antisocial, nos esperan los tiempos aún más difíciles.

Existen muchas posibilidades para vencer el pesimismo y el escepticismo, disipar las dudas de las personas. Sus argumentos consisten en su mayoría en que las vacunas contra el coronavirus son nuevas y están poco estudiadas todavía, se han fabricado apresuradamente, tiene efectos secundarios. Muchos están preocupados por el hecho que, en caso de vacunarse, corren el riesgo de contagiarse también. Los expertos dieron en reiteradas ocasiones respuestas detalladas y argumentadas a tales reclamaciones. Explicaron que todas las vacunas pasaron un ciclo completo de procedimientos de certificación, varias etapas de investigación se realizaron de forma paralela y simultánea, pero en las condiciones de la epidemia es normal. Los efectos secundarios de la vacunación son conocidos y están descritos en la literatura especial. Se determinaron los grupos de pacientes a los que no se aconseja a vacunarse. Mientras, lo más importante es que si las personas vacunadas se contagian superan la enfermedad sin graves consecuencias. Además de todo, esto permite reducir la carga en los centros médicos y prestar más atención a los pacientes con otras enfermedades, realizar el tratamiento planificado y operaciones quirúrgicas. Esta situación se manifestó de la forma más aguda en otoño del año en curso, cuando en Rusia se registra diariamente más de 100 muertes del coronavirus, a pesar de que el nivel de la inmunidad colectiva se estima en un 45% Para estimular a las personas a vacunarse las empresas usan un sistema de incentivos: días de descanso, pagos adicionales, un horario individual y formato de trabajo. Los mismos métodos se aplican a escala de Estado, cuando las personas que tienen el certificado de vacunación pueden asistir libremente a los eventos públicos, entrar en lugares públicos, pueden viajar sin restricciones, no trabajar y estudiar a distancia, sino de forma presencial. En este sentido es importante también ejemplos personales de la vacunación que muestran las personas conocidas, líderes de la opinión pública, inclusive los líderes del Estado.

No se puede desestimar campañas de marketing, la propaganda de medicamentos contra el Covid-19, la posibilidad de elegir entre diversas vacunas. Es necesario incrementar su accesibilidad para que las personas puedan vacunarse rápida y gratuitamente en un centro de vacunación conveniente. Naturalmente, la cooperación internacional desempeña un papel importante tanto para ampliar el surtido de vacunas que se usan, como para introducir los pasaportes covid generales. Mientras, la experiencia del último tiempo muestra que todo eso es insuficiente para formar una conducta social responsable en un período de crisis.

Es posible también aplicar métodos contrarios: menoscabar considerablemente los derechos de los no vacunados. Se trata de la posibilidad de obligar a tales personas a trabaja a distancia o despedirles, reducir los pagos debido a que los COVID-disidentes representan una amenaza a la sociedad. Como ya he dicho, tales métodos se aplican con frecuencia en muchos países. Esto prevé seguramente una división social entre los vacunados y no vacunados.   Tales medidas son considerablemente eficaces y muchos las entienden y apoyan. Es que las personas no vacunadas no solo causan daño a sí mismo, sino también a los demás, especialmente a los niños a los que no vacunan todavía en la mayoría de los países. Por eso la modificación de la legislación en esta área es un desafío a que nuestro Estado deberá encontrar una respuesta. Diremos abiertamente que esta respuesta dependerá del nivel de la amenaza a la seguridad pública que representa la pandemia. En ciertas circunstancias la seguridad de la población y el bienestar de toda la sociedad son más importantes que la observancia de los derechos y libertades de un individuo. La protección de la mayoría es un principio fundamental de la democracia, independientemente de si esto guste a alguien o no.


La quinta lección de la pandemia: no hay mal que por bien no venga

Se dijo mucho del daño causado por la propagación del coronavirus. Pero en cierta medida la Humanidad supo aprovechar esta durísima prueba, realizar algo en lo que antes ni había pensado. En la experiencia de dos años pasados hay también aspectos positivos que nosotros debemos, por paradójico que pudiera parecer, precisamente a la pandemia.

El principal de ellos radica en que hemos aprendido a reaccionar rápidamente a los desafíos más graves e impredecibles. En febrero de 2020, nadie en Rusia ni siquiera podía suponer que en un plazo tan breve se pudiera hacer tantas cosas. Se logró movilizar con eficacia la salud pública, introducir nuevos principios en el funcionamiento de los órganos de poder, montar la producción de medicinas vitalmente necesarias, vacunas, equipos de protección, construir y poner en explotación nuevos hospitales, organiza un seguro sistema de aviso e información a los ciudadanos con ayuda de servicios electrónicos. Esto requirió una enorme concentración de fuerzas y grandes recursos, pero los objetivos fueron alcanzados. Semejante experiencia es sumamente importante de cara al futuro.

COVID-19 aceleró notablemente la revolución industrial. Desde marzo de 2020, apareció una gran cantidad de diversos servicios on-line, trátese de suministro de comidas a domicilio, acceso a los servicios públicos, eventos culturales virtuales, transacciones bancarias o enseñanza a distancia. Esto se debió a la apremiante necesidad de evitar los contactos físicos entre las personas. Pero los servicios on-line se integraron en nuestra vida, gozan de demanda, se hicieron habituales e indispensables cada día.

Al propio tiempo, surgió un problema nuevo a que antes se dedicaba menos atención: la desigualdad digital de algunos ciudadanos y hasta de regiones y Estados enteros. Actualmente está desapareciendo los pagos en efectivo, por doquier se introducen los pagos de compensación. Ello no obstante, según diversas estimativas, un mil 700 millones de personas, es decir, 22% de la población de la Tierra, todavía no tienen acceso a las tecnologías bancarias (Vedomosti, "Cambios generados por los virus: cómo la pandemia acercó un futuro inevitable”, 30.07.2020). Las personas privadas de los servicios electrónicos y de una Internet estable, no disponen de unas oportunidades vitalmente importantes.

Una quinta parte de la información sobre COVID-19 son noticias falsas. Los Estados se enfrentaron con los intentos de manipular la opinión pública.

La pandemia supuso cambios radicales en las relaciones entre los trabajadores y la patronal. Muchos procedimientos rutinarios, incluida la documentación, fueron digitalizados. Arraigo definitivamente el trabajo a distancia, antes considerado como una excepción de la regla. Disponiendo de una estable comunicación por Internet, el empleado ya no está atado a la oficina del empleador y ni siquiera a una ciudad concreta, pudiendo estar en cualquier punto del globo terráqueo. Como consecuencia, se intensificó el desplazamiento de personas a los lugares más confortables, aumentaron las exigencias a las capacidades de Internet locales.

Al propio tiempo, los Estados enfrentaron la necesidad de reglamentación jurídica del empleo a distancia y de su formalización legislativa. No pocas colisiones jurídicas están relacionadas con las preguntas de si se puede pagar un salario inferior a los trabajadores a distancia, cómo garantizar sus derechos laborales, qué restricciones y preferencias introducir. Se ha de definir con claridad el marco legal para esta forma de empleo. Va a ser un proceso largo y complicado. En nuestro país las enmiendas en la legislación laboral relativas al trabajo a distancia fueron aprobadas en plazos brevísimos, lo que permitió proteger los derechos de un gran número de personas que trabajan a distancia. Ahora se están acumulando las experiencias jurídicas relativas a esta clase de contratos laborales. Evidentemente, en este ámbito siguen surgiendo numerosas colisiones.

En la sociedad se mantiene también una actitud ambigua hacia la enseñanza a distancia, incluidas la media y la superior. De un lado, con razón se podría calificarla de un avance hacia el espacio digital del nuevo milenio. Esta forma de enseñanza iguala las oportunidades de personas que viven en distintos puntos del mundo, garantizándoles un acceso igual a los programas educativos. Pero de otro, en muchos casos, una enseñanza de calidad puede adquirirse sólo en régimen presencial, cuando el alumno se comunica con el profesor vis a vis. En este asunto también se debe lograr un equilibrio razonable, reglamentar todos los aspectos organizativos, legales y financieros.

La pandemia tiene asimismo otro efecto relacionado con el ámbito de la información, mass media y grandes conjuntos de datos estadísticos. Aparte de la lucha contra el propio coronavirus, se tuvo que hacer frente a los pujantes ataques informativos, a los flujos de noticias capaces de sembrar pánico y caos en la sociedad.

Según diversas estimativas, una quinta parte de la información sobre COVID-19 son noticias falsas. Por cierto, son unas estimativas optimistas… Muchos Estados se enfrentaron con los intentos de manipular la opinión pública, desestabilizar la ya de por sí complicada situación. Se precisaron nuevos métodos de recopilación y procesamiento de unas estadísticas fidedignas y abarcadoras, nuevos enfoques de los proyectos ilustrativos e informativos orientados a un amplio auditorio. En Rusia y otros Estados se aprobaron leyes que exigían seria responsabilidad por divulgar informaciones no fidedignas o provocadoras. No cabe considerarlo como restricción de la libertad de palabra o censura. Se trata de unos datos a sabiendas falsos (premeditadamente divulgados) en una coyuntura en que cada palabra negligente es capaz de provocar una resonancia críticamente peligrosa, impulsar tensiones sociales y hasta crímenes.


La sexta lección de la pandemia: un virus que estará con nosotros por largo tiempo

Querámoslo o no, pero el coronavirus pasó a formar parte de nuestra vida por largo tiempo. Aun cuando después de una vacunación masiva la humanidad desarrolle una inmunidad colectiva contra esta enfermedad, se mantiene la eventualidad de nuevos brotes locales del coronavirus. Existen todos los fundamentos para suponer que en los meses próximos se logrará tomar la situación general bajo control. Pero es evidente también que debemos estar dispuestos permanentemente a repeler semejantes amenazas en el futuro. Para ser capaces de hacerlo, los Estados del mundo deben prestar la más seria atención a los sistemas responsables por el soporte de vida, la sanidad y el bienestar de los ciudadanos. Es necesario introducir nuevas tecnologías e instrumentos en todas las áreas de la economía y la vida. Es menester destinar las máximas fuerzas y capacidades para eliminar los puntos clave de la desigualdad en la sociedad, apoyar a las categorías más vulnerables de la gente, diseñar mecanismos para asegurarse contra las situaciones de emergencia. Toda persona debe tener un acceso garantizado a una asistencia médica de calidad, tanto de emergencia, como rutinaria, a los fármacos, vacunas, equipos de protección. A todo aquello que le permite a la gente no solo sobrevivir en los tiempos complicados sino vivir una vida plena día a día.

Existen todos los fundamentos para suponer que en los meses próximos se logrará tomar la situación general bajo control, pero es necesario estar dispuestos permanentemente a repeler semejantes amenazas en el futuro.

Los acontecimientos de estos dos años últimos ya dejaron una imborrable impronta en nuestra civilización. Fiódor Dostoyevski escribió que “todo hombre asume la responsabilidad ante todas las personas por todas las personas”. Ahora cada uno de nosotros debe reconsiderar el grado de su responsabilidad personal por su propia salud y por la seguridad de otras personas. Por todo cuanto ocurre con nuestro mundo y, en general, por el destino de toda la humanidad.